¿Para qué sirve la utopía?

Cuando era niño, mi vieja tenía la costumbre de leernos fábulas y cuentos a mi y a mi hermano antes de dormir. Los años fueron pasando y empecé a desarrollar un interés personal por las novelas. Un día, fui curioso a revisar su estantería a buscar algo nuevo y un libro cautivo mi atención. 

“La sonrisa de Mandela” de  John Carlin. Un relato íntimo del hombre que inspiró al mundo entero. Hasta ese entonces sobre Madiba yo sabía en promedio lo mismo que sabe cualquier estudiante de secundaria que vio la película Invictus. Era consciente de su lucha activista contra el apartheid, sus logros en la política y su influencia en la reconciliación social de Sudáfrica. 

Pero no conocía a Nelson Mandela cómo persona. Sus valores. Su carácter. Su integridad. Su voluntad férrea. Sus 27 años en la cárcel. “No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma” recitaba el poema que lo mantuvo fuerte durante décadas, aferrado a una visión de cambiar la porción de la realidad que se encontraba a su alcance.

El tata Mandela, como le decían en su tierra, nos regaló una frase que contiene el oximorón más fuerte que quizás he leído en mi vida. Por definición un oximorón en la literatura se trata de una figura lógica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola oración. Educación. Arma. Una crea futuros, cambia vidas, genera impacto. La otra reprime, destruye personas, comunidades, familias enteras. ¿Por que Mandela nos hablaba de la educación cómo el arma más poderosa para cambiar el mundo?

¿A quien apuntaba esta arma si no era a los sistemas de poder que buscan deliberadamente mantenernos desinformados, controlados, e ignorantes?

Ya soy un adulto. Ya no le robo libros a mamá porque ella vive en Salta y yo en Barcelona, y porque mi biblioteca la tengo en un kindle. Aunque extraño con mucha nostalgia leer en papel, siento un poco de culpa por los árboles que se cortan para mi entretenimiento o formación. Además, no es compatible cargar un montón de libros cuando hace 5 años estás viajando por el mundo. Pero mantengo algunas costumbres de cuando vivía en Argentina. Cómo cebarme un mate por la mañana y charlar un rato conmigo mismo. Hacerme preguntas.

¿Qué hubiera sido de la utopía de Mandela en la década del internet y la descentralización? 

¿Qué hubiera pasado en esa cabeza loca, si él hubiera sido consciente de la oportunidad que tenemos hoy en día de generar un verdadero ejército de educación descentralizado y llevar conocimiento y formación a las mentes de todos los niños del mundo a través de la tecnología?

Creo que él hubiera levantado bandera por una democratización del acceso a la educación de calidad. Por una verdadera reforma en el sistema educativo. 

Un sistema actual opresor que responde a los intereses de un grupo de directivos que toma decisiones sobre qué se debe estudiar, cómo se debe evaluar  y cómo moldear la cabeza de millones de jóvenes. Un sistema que muchas veces dinamita la autoconfianza y la capacidad de pensamiento crítico. 

Afortunadamente nacimos en una época de grandes revoluciones. Algunas están pasando de manera silenciosa e inadvertida. Heroes sin capa y sin rostro, anónimos, cómo un tal Satoshi Nakamoto, fundador de bitcoin, primera moneda digital descentralizada. 

¿Por qué repito y me fascina tanto esto de la descentralización? Mis amigos ya no me aguantan. Termino sacando el tema en cualquier reunión. Es que en verdad me parece uno de esos horizontes hacia los cuales vale la pena caminar toda la vida.

Las criptomonedas son solo un ejemplo de lo que sucede cuando un colectivo se atreve a desafiar los sistemas de poder centralizados más importantes del mundo como son los bancos, o los estados. De repente tenemos una alternativa al dólar, que no se trata de una ficción basada en confianza como es la moneda norteamericana desde la suspensión de la convertibilidad del dólar al oro en 1971. Se trata de una moneda digital escasa, divisible, basada en criptografía avanzada (no puede ser falsificada), descentralizada (no controlada por nadie), y de código abierto. 

Y sin embargo hoy millones invierten en bitcoin u otras altcoin, sin entender verdaderamente porque lo están haciendo. Se quedan en que es una inversión que genera rentabilidad y dinero a largo plazo, sin darse cuenta de la riqueza que hay en el debate filosófico sobre las tecnologías que hacen a estas criptomonedas posibles.

Lamentablemente la curva tecnológica sigue avanzando de manera mucho más exponencial que nuestra propia capacidad de entender y reaccionar a los cambios que estamos viviendo. 

La base de cualquier criptomoneda está sostenida en criptografía avanzada, denominada blockchain o cadena de bloques. Y si, a lo mejor, no es de tu interés entender técnicamente cómo funciona una cadena de bloques. A decir verdad, a mi al principio tampoco me llamaba la atención y tenía un bloqueo al conocimiento “disruptivo” muy grande cada vez que alguien venía a contarme sobre un paradigma que sacudía mis preconceptos previos. Es difícil salir de las cavernas para ver el sol.

Fue recién cuando empecé a entender las ventajas de un sistema blockchain cuando despertó mi curiosidad. Cuando escuche por primera vez a una persona hablando con pasión sobre Smart Contracts, o contratos inteligentes. Que permiten a una comunidad generar una verdadera democracia a través del consenso, donde no existen intermediarios, ni figuras de poder centralizado tomando decisiones. Decisiones que pueden estar afectadas por intereses propios. Las decisiones pertenecen a la gente. El es poder para el pueblo. 

Ahí fue cuando por primera vez empecé a sentir que la utopía de Mandela se encuentra quizás mucho más cerca de lo que él jamás soñó en su vida, ni en sus años más profundos y reflexivos en la cárcel.

De repente tenemos la posibilidad de crear organizaciones educativas descentralizadas que permitan conectar a estudiante y educador sin necesidad de un intermediario que pueda tomar decisiones sobre qué se debe enseñar o cómo se debe evaluar. De repente ese mismo sistema le permitirá al usuario acceder a esa plataforma a través de la compra de un cripto activo creado con el único fin de democratizar la educación. Ese alumno podría ganar dinero por el simple hecho de encontrarse en su computadora aprendiendo y completando lecciones junto a sus educadores, mientras su computadora en segundo plano se encuentra validando transacciones y generando dinero digital, sin que el alumno se de cuenta.

El lector podrá pensar que esto se trata de una fantasía o delirio de este jóven autor, pero la modalidad de juegos play2earn ya es una realidad en todo el mundo que genera millones de dólares y si buscas en tu navegador de Google podrás comprobar que hay pueblos enteros en Filipinas que han salido de la pobreza gracias este tipo de cryptogames.

Ahora, me encanta que cada vez más gente gane dinero jugando a un juego, pero ¿porque estamos desviando el uso de estas tecnologías hacia el entretenimiento, u ocio, y no hacia la educación? ¿Es casual que Netflix u otras redes sociales de ocio tengan sistemas de machine learning con tecnología de punta para estudiar nuestros comportamientos a través de datos y desarrollar películas, contenido y optimizaciones de su plataformas para mantenernos “ocupados” con maratones de series durante horas?
¿Debe ser manipulada una sociedad para asegurar una felicidad continua y universal?¿Qué tan lejos estamos de un mundo feliz de Huxley?¿Es casualidad que el algoritmo de Instagram multiplique tus vistas cuando hablas de COVID pero las disminuya cuando hablas de sistemas descentralizados?

Casualidad o causalidad. Creo que esos sistemas de poder hacia los cuales apuntaba Mandela son conscientes de la revolución que se viene. Y están haciendo uso de todas su cartas de censura para retrasar lo máximo posible la caída de los sistemas centralizados. Es tan fácil mantener a la gente ocupada y desinformada. 

Escribo este texto en caliente, la misma semana en que los Talibanes han conquistado Kabul, Afganistán. Y así cómo ha pasado antes con los incendios en el amazonas o con las represiones armadas y violentas en Colombia, las redes sociales han colapsado de stories con videos de afganos intentando escapar, muertos del miedo y la desesperación, colgándose de un avión ya en pleno despegue para huir de su triste y miserable realidad. Stories sobre las 29 prohibiciones hacia las mujeres afganas que entraron en vigencia con la toma de poder por parte de los talibanes. Y lo peor de todo es que somos espectadores en primera fila de esta pesadilla, de ver desde nuestros teléfonos inteligentes cómo un grupo de terroristas conquista un país en real-time y no podemos hacer nada. Y por favor te pido a vos lector que no me malinterpretes, no está mal compartir esta información, es fundamental y necesario que lo sigas haciendo y el hype que se genera. Yo también lo hago y lo voy a seguir haciendo, porque me parece que sería una falta de humanidad tremenda no hacerlo. Lo que está mal es creer que solo con apretar un botón o poner un voto en una urna ya estás solucionando el problema. Porque lamentablemente el mundo no funciona así.

En este contexto de crisis global, en donde abundan las problemáticas y a veces escasean las soluciones. En donde hemos apostado durante 2 milenios por un estado paternalista y asistencialista que debe asumir el rol de socorrer a los individuos pero que no ha sido capaz de poner un fin a la pobreza, ni a la desnutrición, ni frenar la emergencia climática sin precedentes que estamos afrontando. En este contexto digo basta.

Basta de subir stories creyendo que con eso solucionamos todo. Basta de conformarnos con hacer un swipe up y una donación, que no sabemos luego si un intermediario sea una ONG, o el propio estado, va a entregar ese dinero a quien realmente lo necesita (sin quedarse una generosa comisión en el medio). Basta de todo eso. 

Es momento de actuar. Es momento de crear sistemas descentralizados. Justos. Transparentes. Y la educación como ya lo dijo el Tata es la clave. La llave para abrir mentes, para que gente con propósito y con ganas de hacer un cambio verdadero se anime a aprender sobre blockchain y smart contracts. 

Para que un sistema educativo tradicional no te limite con paradigmas, de que si fuiste malo en matemáticas o no entendías las clases de computación en primaria nunca vas a saber programar o nunca vas a poder hacer un postgrado en Blockchain. 

Basta de estereotipos que limitan el aprendizaje, que hacen creer a una mujer que es menos apta para involucrarse en estos debates. Los resultados de un estudio publicado por LongHash en 2018 muestran que entre 100 startups de tecnología Blockchain, las mujeres empleadas representaban sólo el 14,5%, mientras que el porcentaje de gerentes era de apenas un 7%. Es fundamental traer más perspectiva a este debate y que esos números continúen creciendo para generar equidad y diversidad de paradigmas y pensamiento.

Da igual si te formaste en una carrera de ciencias, humanística, o artística. Hoy en día aprender a programar está al alcance de todos. Y no se trata de aprender a escribir líneas de código, para hacer aplicaciones. Se trata de escribir el futuro de todos nosotros.

O nos hacemos cargo de la película que nos toca vivir a todos juntos, y asumimos un rol de directores. U otra gente, desde una posición de poder, va a ser responsable de escribirnos un guión a nosotros, de manipularnos a gusto y piaccere, defendiendo sus propios intereses egoístas por encima de los intereses de la humanidad entera.   

Como me gustaría sentarme a tomar un mate con vos Mandela. Mirarte a los ojos y decirte que ni coña tengo tu coraje. Pero que si comparto tus ideales e intento caminar todos los días hacia tu horizonte.

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