Desde muy pequeño siempre me gusto planificar mi vida. Antes de terminar la secundaria ya sabía que quería irme a Buenos Aires a estudiar Diseño Multimedia. Siempre me guie por la pasión y por el instinto, y si bien nunca tuve la completa seguridad de que las cosas iban a salir bien creo que muy en el fondo siempre confiaba en que los puntos se iban a conectar en un futuro.

Por eso disfruto mucho de planificar a largo plazo, de fijarme metas, y trabajar con mucha constancia todos los días para conseguir esos objetivos. Practicamente asi fueron mis últimos 5 años en AIESEC. Ingrese a la organización como miembro voluntario y desde esa primera instancia empecé a planificar mi carrera dentro de la organización. 

Cada año que pasaba me traía nuevos desafíos y oportunidades de crecimiento. En muy poquito tiempo pasé de ser miembro, a liderar un proyecto, a ser vicepresidente de un área, a terminar siendo Director de Marketing en una organización a nivel nacional. Creo que cuando uno está rodeado de las personas indicadas, y tiene un porqué levantarse todos los días el éxito no tarda en llegar. Empezamos a recibir reconocimientos por nuestros resultados. Ahí uno empieza a confundirse un poco.

Cuando empezas a interpretar tu valor como persona por tus resultados. Cuando crees que lo único que te define es un % de “achievement” en un reporte mensual o los números de ventas que logras a fin de mes. En definitiva, cuando valoras más el resultado que el mismísimo proceso para obtener esos resultados. 

Lo peligroso de recibir reconocimientos externos por tu laburo, o medirse por si obtenes o no esa posición con la que tanto soñabas es que despues terminas creyendo que si las cosas no salen como vos esperabas es porque lo hiciste mal, o que en definitiva “sos un fracasado.”

Todavía me acuerdo hace varios años cuando iba a la facultad de Diseño. De las entregas y trabajos prácticos y el miedo que le tenía al feedback del profesor. Me enamoraba de mis diseños y no del proceso creativo, entonces si alguien me decía que mi trabajo tenía muchas cosas para mejorar, me ponía a la defensiva, me sentia un mal diseñador.

Muchos años más tarde empiezo a darme cuenta que el éxito tiene poco que ver con el resultado, o con los reconocimientos externos y tiene mucho más que ver con nuestros propios valores internos, con nuestro potencial infinito, y nuestra capacidad ilimitada de seguir intentando. Cómo profesional me considero un “perfeccionista”. Suelo tener estándares muy altos sobre mi y cuando no los cumplo tiendo a frustrarme o desmotivarme. Estos últimos años me enseñaron a poner los pies en la tierra. A seguir luchando por la excelencia y por entregar la mejor versión cada día, pero siempre teniendo claridad de mis propios límites. Con la consciencia de que todos los días puedo decidir expandir esos límites y convertirme en una mejor persona. Entendiendo que los tropiezos también son parte de la vida.

En tiempos de incertidumbre, cuando no tenemos ninguna certeza de lo que va a pasar en un futuro, cuando el vértigo al fracaso asoma aun con mucha más fuerza. Empezamos a hacernos preguntas: ¿Cómo voy a adaptarme al nuevo mundo que se viene?¿Voy a estar preparado para afrontar los desafíos de una sociedad post COVID-19?¿Cómo puedo planificar a largo plazo cuando no se que va a pasar la semana que viene?

Por casualidades de la vida me tocó pasar la cuarentena en Madrid, España. A miles de kilómetros de mi casa. En el epicentro de contagios y muertes. Estar rodeado de noticias como que el palacio de hielo que suele ser una pista de patinaje se está usando como una gran morgue debido a que los servicios funerarios están colapsados. Siendo muy honesto las primeras semanas fueron bastante difíciles. Me costaba muchísimo concentrarme, o ser productivo. Empecé a sentir muchísima nostalgia por mi país, por mi familia, por mis amigos. Me sentí solo.

Fue en el peor momento en el que toque fondo en que me di cuenta que no era la actitud que quería tener durante el resto de la cuarentena. En vez de enfocarme en lo que no tenía, o no podía hacer, empecé a enfocarme en las cosas que SI podía hacer dentro de mi casa, a cambiar mis rutinas.

Mi departamento no es para nada grande, pero tengo suficiente espacio para hacer 30 minutos de ejercicio todos los días. Tengo más tiempo que nunca para planificar mis compras y poder comer bien. Empecé a cocinar más sano y cuando extrañaba mi casa me cocinaba algo que me hiciera sentir más cerca o hacia una videollamada con mi familia o amigos. Empecé a cambiar mis hábitos y automáticamente deje de ver la situación que estaba pasando como una crisis para verla como una oportunidad. 

En aproximadamente un mes finaliza mi experiencia en AIESEC y me daba muchísimo miedo lo que iba a pasar después: ¿Las empresas van a contratar nuevos empleados en este contexto? En vez de pensar en esa pregunta que poco dependía de mi poder de influencia empecé a preguntarme: ¿Qué puedo hacer yo para ser contratado?.

Desde esa actitud empecé a trabajar en mi marca personal. A rehacer mi CV. Pedir feedback, implementarlo. A armar mi portfolio de Diseño y Marketing. Pedir feedback, implementarlo. Deje de pensar por un rato en el largo plazo y me concentré en el día a día. Diseñe un plan personal en Excel, con una lista de acciones y todos los días empecé a medir mi progreso.

En poco menos de un par de semanas mi portfolio estaba casi listo y ya había lanzado mi marca personal en Instagram. Por esas casualidades de la vida me invitaron a dar un webinar con el apoyo y difusión de la Universidad Católica de Salta y el Ecosistema Emprendedor de Salta y fue la oportunidad perfecta para lanzarme. Anecdótico va a ser que al webinar asistieron más de 200 personas. 

Digo anecdótico, porque ahora entiendo que éxito no fue la cantidad de personas conectadas. Éxito para mi es irme a dormir feliz porque estoy haciendo lo que me gusta, porque me siento conforme con mi proceso, y porque tengo la suerte de tener el apoyo de la gente que más quiero en mi vida que son mi familia y mis amigos. Todo lo demás es un plus. Y claro que suma en mi carrera profesional, pero no es lo más importante.

En definitiva, cuando alguién me pregunta porque me animé a emprender en tiempos de COVID-19, o más bien cómo estoy conviviendo con el vértigo al fracaso, la única respuesta que tengo es que hay que animarse a saltar. Animarse (como bien dice el manifiesto de fuckup nights) a aceptar la posibilidad de ser rechazado, de tener contratiempos, de sacarse una mala nota, de ser despedido, de perder en una elección, de entender que la perfección es retórica, de enfocar en las cosas que realmente valoras, de hacerlo simple, de que el fracaso es una posibilidad, de saber que si lo que te motiva es el reconocimiento es mejor ni hacerlo, de no tomárselo tan en serio, de ser vulnerable, de aprender a reírse y compartir tus fracasos, de aceptar tus debilidades y ayudar a otros a mejorar, de aprender cosas nuevas, de hacer al menos una cosa al día con miedo, de ser la persona que querés ser, de ganarle a tus problemas, de superar cualquier conflicto, de no parar hasta conseguir lo que amás, de entender que nuestro potencial es desconocido, de ganarle a tu ego, de ser audaz y vivir la vida al máximo.

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Antes de saltar hacete la pregunta. ¿Lo que te da miedo es el fracaso o el éxito? Y cualquiera que sea la respuesta, andá y hacelo con miedo. Apretá enviar en en ese mensaje, en ese email. Contale a tu amigo de ese emprendimiento que tenés en mente. Contá hasta tres y saltá, aunque te tiemble el cuerpo y no tengas ni fuerzas para contar y la cabeza te diga que no. Aunque te sientas solo y te dé miedo que se corte la piola. Saltá, hacelo.

Arturo Grande

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