“Si para recobrar lo recobrado. Debí perder primero lo perdido. Si para conseguir lo conseguido tuve que soportar lo soportado. Si para estar ahora enamorado fue menester haber estado herido. Tengo por bien sufrido lo sufrido, tengo por bien llorado lo llorado. Porque después de todo he comprobado. Que no se goza bien de lo gozado sino después de haberlo padecido. Porque después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado” – LPDA «Me juego el corazón»

Muchas veces he escuchado que en la crisis es donde aparece la oportunidad. Que la necesidad y la escasez nos vuelven más creativos. Hoy quiero compartir mi historia de escasez y de abundancia.

En 2020 termino mi contrato con AIESEC, una organización en la que había trabajado durante 5 años. Fueron 5 años de puro crecimiento personal, y profesional, pero había llegado a un tope. Empezaba a sentirme en mi zona de confort, y tomé una decisión difícil, y al mismo tiempo arriesgada: salir a buscar trabajo en otro país, en plena pandemia global.

En esa época destinaba al menos 2 horas al día a buscar empleo. Durante una hora hacía un barrido de todas las oportunidades alineadas a mi perfil en LinkedIn. Durante la otra hora, me enfocaba en mi marca personal: mejorar mi CV, crear un sitio web personal (arturogrande.com), portfolio en behance, portfolio en Instagram.

Pasaron los meses, cientos de CVs enviados y lamentablemente ninguna opción interesante. Empezaba a impacientarme. Pero nunca a bajar los brazos.

Cuando me quedaba solamente un mes de alquiler y de contrato me di cuenta de que seguir enviando CVs ya no era una opción. Si quería el trabajo de mis sueños, probablemente la mejor forma de conseguirlo era creándolo.

Deje de enviar CVs. Y empecé a crear la Academia Brillar. Primero surgió como una idea, en uno de los tantos zooms que hacía por la noche en la terraza de mi departamento en Madrid charlando con un amigo.

Todo empezó con un boceto en un chat de WhatsApp con la idea de crear un modelo de negocios horizontal, colaborativo, que permitiera democratizar la educación. Al cabo de un par de días ya tenía un logo hecho, y un pitch presentation.

Empecé a compartir el pdf por WhatsApp, con mi círculo de confianza de colegas profesionales y amigos. En apenas unos días ya teníamos un grupo en WhatsApp con gente interesada en crear sus primeros cursos para la plataforma.

La Academia Brillar era un proyecto a largo plazo. Pero necesitaba cubrir mis costos de vida, en apenas dos semanas me iba a quedar sin un techo. Después de haber enviado varios mails a la embajada Argentina pidiendo vuelos de repatriación que nunca tuvieron una respuesta efectiva, entendí que lo mejor era encontrar una manera de cubrir mi alojamiento a través de una colaboración.

Una amiga me recomendó World Packers. Entre a la plataforma para nómades digitales a buscar algún voluntariado que pudiera ofrecerme alojamiento a cambio de horas de trabajo voluntario. En ese momento no tenía dinero ni para pagarme la suscripción a la plataforma, entonces buscaba oportunidades, luego buscaba a las organizaciones que habían publicado esa oportunidad en Google y me contactaba directamente por email.

A una semana de quedarme sin alquiler, apareció Sweet Accommodations. Tuve la primera entrevista con Gian Franco, uno de los managers, y conectamos casi de inmediato. Me contó que por la pandemia había abierto su hostel en Barcelona para personas en situación de sinhogarismo. Estaba buscando un perfil de Marketing para colaborar en la difusión del hostel. Fue un match instantáneo. Así fue como mi última semana de alquiler en Madrid, terminó siendo la semana en la que armé mis maletas y me mudé a Barcelona.

Con muchas más dudas que certezas, me embarqué en una nueva aventura. Me acuerdo que muchos colegas me decían que Barcelona es una de las capitales más caras del mundo, que a pesar de tener el alojamiento cubierto necesitaba ingresos extras para vivir.

En ese momento yo me acordaba de las palabras de Pepe Mujica, y su reflexión sobre la sobriedad. Aprender a vivir con poco. No como apología a la pobreza, sino hacia la austeridad. Una vida sencilla, sin alardes, ni adornos superfluos. Una vida que me permitiera vivir en una de las capitales más interesantes del mundo, hogar de grandes pensadores, creativos y emprendedores. Muchos emprendedores dicen que su proyecto nació en el garage de sus padres. La Academia Brillar dio sus primeros pasos desde un hostel social para personas en situación de sin hogar en el barrio de Eixample.

Fueron pasando los meses. Con Gian Franco, vimos que los huéspedes del hostel social, en su mayoría inmigrantes y/o refugiados, estaban muy excluidos en una burbuja a raíz de la pandemia. Casi no salían del hostel. Muchos pasaban demasiadas horas encerrados, viendo Netflix, sin mucha expectativa sobre un futuro incierto. Decidimos que lo mejor era crear un proyecto para poder conectarlos con la comunidad local. Un proyecto que utilice la pasión por el deporte como vehículo para conectar personas e inculcar valores. Para generar empatía y vínculos en la comunidad local. Así nació Fútbol de Impacto, que consiste en partidos de fútbol de 3 tiempos, en donde el tercer tiempo se trata de un debate alrededor de uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas.

Empezamos a jugar. Creamos nuestro logo, nuestra página web, definimos nuestra propuesta y empezamos a contactar a potenciales aliados. Rápidamente ya estábamos organizando partidos con Barcelona Actúa y con la Comisión Española de Ayuda al Refugiado.

Sin darme cuenta, en apenas unos meses, habíamos puesto en marcha dos proyectos de impacto social. Sin embargo, eso no me permitía terminar de cubrir mis costos fijos en Barcelona. No pagaba alquiler, pero aún así necesitaba dinero para cubrir mi alimentación.

Además, mientras la Academia Brillar crecía, cada vez iban apareciendo más pequeños costos fijos que necesitaba cubrir y aún no teníamos los alumnos suficientes para que la empresa fuera sostenible.

Hace muchos años que yo hacía freelance de Marketing y Diseño Gráfico. Hasta ese momento siempre había trabajado con clientes de Argentina. Con mi portfolio ya creado me propuse con mucha determinación a empezar a trabajar con clientes de Europa. Poco a poco llegaron los primeros clientes, la gran mayoría de desarrollo web. Al comprobar mi experiencia como emprendedor y que con pocos recursos lograba grandes resultados algunos clientes empezaron a confiar en mis servicios como consultor: ya no estaba haciendo solo el trabajo operativo, ahora también hacía revisión de modelo de negocios y estrategia de marketing. Ahora empecé a enfocarme en lo que me apasiona: la estrategia.

En uno de los años más difíciles para emprender como lo fue 2020, y principios de 2021, me encontraba creando 3 proyectos, cada uno con un modelo de negocios único, sostenible y escalable.

Llegó el momento de empezar a formalizar estos proyectos. Y como inmigrante, uno de mis principales desafíos era resolver el problema de no tener los recursos para constituir una empresa en España. Ante la necesidad empecé a buscar alternativas. Así fue como me encontré con la oportunidad de convertirme en ciudadano digital de Estonia.

En un proceso mucho más simple y rápido que el de aplicar a una VISA en España, envíe mi solicitud para convertirme en e-resident. Al cabo de unos meses mi e-resident card estaba aprobada y enviada al consulado de Madrid. Viajé de nuevo a la capital a retirar mi tarjeta, con la cual pude a través de internet y una gestora online en Estonia registrar mi primera empresa a los 25 años. “Academia Brillar OÜ”, lo que en estonio significa privated limited company.

Aún queda mucho por hacer, y por aprender. Ninguno de mis proyectos como emprendedor social tiene más de un año al momento en que escribo este artículo. Y aunque hoy me animo a soñar con una visión a 5 años, con una Academia Brillar que sea un verdadero movimiento escalable de impacto, que sea sostenible financieramente, hoy todavía vivo al filo de la navaja. Sin saber donde voy a vivir en los meses que vienen. Sin saber cómo voy a mantener los costos fijos de la gestoría en Estonia. Sin saber cómo voy a equilibrar mi vida personal y profesional para poder dedicarle tiempo y energía a cada proyecto sin comprometer mi estabilidad personal y emocional.

Suena el teléfono. Habla mi madre. Atropellaron a mi abuela. Está internada en una clínica en Salta. Mis papeles de renovación de VISA en España todavía están en trámite y yo sin dinero para pagar un ticket a Argentina. El famoso costo de oportunidad de perseguir un sueño.

Me voy a dormir pensando cuando fue la última vez que vi a mi abuela. Ya pasó más de un año desde que empezó la pandemia, y más de un año desde la última vez que pisé Argentina.

En ese cúmulo de emociones, de responsabilidades, y de sueños por cumplir cierro los ojos y me largo a llorar. Lloro solo y en silencio. Lloro como tantos otros que dedicaron su vida a una causa, a un propósito. Lloro de impotencia, por todas esas veces que siento que no puedo, que me faltan recursos o herramientas, que el contexto simplemente no me ayuda o me empuja para abajo, que la gente que tengo alrededor no se da cuenta por lo que estoy pasando. Lloro porque muy en el fondo se que esta experiencia me hace más fuerte, y me está enseñando a valorar el significado de la vida, de las cosas importantes, las cosas más simples: como tener tiempo para uno.

Y cuando la emoción pasa. Cuando el llanto termina. Me pongo a escribir. Escribo para mí, para sanar, para juntar fuerzas, pero también escribo para todos esos emprendedores y emprendedoras que como yo, empezaron a emprender por necesidad.

Para los que emprenden al filo de la navaja, haciendo sacrificios financieros y emocionales en pos de perseguir un objetivo. Escribo porque alguna vez un tal Indio Solari escribió que” el que abandona no tiene premio”. Y me lo grabé a fuego. ¿Qué es actitud emprendedora para mi? Creo que es entender que abandonar nunca fue una opción. Que cuando las cosas se ponen difíciles nos reinventamos y seguimos soñando. Es optimismo, aun en la peor adversidad. Es confiar en la comunidad, en las personas que tenemos al lado, emprendiendo codo a codo, junto a otros que comparten valores y un propósito similar. Es colaborar y hacer networking sano, genuino. Es cuidarnos, y aprender que el liderazgo también es saber pedir ayuda y ser vulnerables. Es creer y crear un futuro mejor, para todos nosotros. Pero sobre todas las cosas es dejar de lado el “no puedo”, y las creencias y paradigmas limitantes, para empezar a ver abundancia donde otros ven escasez.

Hoy me voy a dormir agradecido de sentir el filo de la navaja. Porque significa que estoy arriesgando, que estoy creciendo, y que estoy tomando oportunidades. Porqué si no es ahora: ¿Cuándo?.

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